Hace un tiempo unos muy buenos amigos me regalaron un libro titulado “Identidades Asesinas” escrito por Amin Maalouf.
En él Amin Maalouf, autor entre otros de “León el Africano”, habla fundamentalmente de la locura que incita a los hombres a matarse entre sí en el nombre de una etnia, lengua o religión.
Pocas veces antes, leyendo un libro, me había sentido tan identificado con las ideas que en él aparecen.
Por eso, quería utilizar este foro para extender, en la medida de lo posible, el pensamiento de este autor. En mi opinión, si este tipo de ideas se “popularizaran” (nunca mejor dicho) podrían dar solución a muchos de los problemas existentes en la actualidad.
El libro se abra por donde se abra está repleto de extractos interesantes. A continuación adjunto unos pocos que pueden dar una idea del resto del libro.
Estos están sacados de diferentes capítulos del libro por lo que no tienen porqué tener nada que ver unos con otros.
Desde que dejé Líbano en 1976 para instalarme en Francia, cuántas veces me habrán preguntado, con la mejor intención del mundo, si me siento “más francés” o “más libanés”. Y mi respuesta es siempre la misma: “¡Las dos cosas!”. Y no porque quiera ser equilibrado o equitativo, sino porque mentiría si dijera otra cosa. Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es ese estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Es eso justamente lo que define mi identidad.
¿Medio francés y medio libanés entonces? ¡De ningún modo! La identidad no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas. Y no es que tenga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la han configurado mediante una” dosificación” singular que nunca es la misma en dos personas.
“Es verdad lo que dices pero en el fondo qué es lo que te sientes?”
Durante mucho tiempo esa insistente pregunta me hacía sonreír. Ya no, pues me parece que revela una visión de los seres humanos que está muy extendida y que a mi juicio es peligrosa. Cuando me preguntan qué soy “en lo más hondo de mí mismo”, están suponiendo que “en el fondo” de cada persona hay sólo una pertenencia que importe, su “verdad profunda” de alguna manera, su “esencia”, que está determinada para siempre desde el nacimiento y que no se va a modificar nunca; como si lo demás, todo lo demás – su trayectoria de hombre libre, las convicciones que ha ido adquiriendo, sus preferencias, su sensibilidad personal, sus afinidades, su vida en suma-, no contara para nada. Y cuando a nuestros contemporáneos se los incita a que “afirmen su identidad”, como se hace hoy tan a menudo, lo que se les está diciendo es que rescaten del fondo de sí mismos esa supuesta pertenencia fundamental, que suele ser la pertenencia a una religión, una nación, una raza o una etnia, y que la enarbolen con orgullo frente a los demás.
Cuando se hace algo condenable en nombre de una doctrina, cualquiera que sea, ésta no es por ello culpable aun cuando no se la pueda considerar totalmente ajena a lo que se ha hecho. ¿Con que razón podría yo afirmar por ejemplo, que los talibanes de Afganistán no tienen nada que ver con el Islam, Pol Pot con el marxismo o el régimen de Pinochet con el cristianismo?
Como observador, no tengo más remedio que constatar que en todos esos casos se trata de una utilización posible de la doctrina correspondiente, sin duda no la única ni más extendida, pero que no puede descartarse precipitadamente.
Han tenido que pasar dos o tres milenios para que las sociedades cristianas y judías, que se confiesan seguidoras de la Biblia, empiecen a decirse que el “no matarás” podría aplicarse también a la pena de muerte; dentro de cien años se nos explicará que es obvio que ha de ser así. No cambian los textos, lo que cambia es nuestra mirada. Pero los textos no actúan sobre las realidades del mundo más que a través de nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas.
Por esta razón, a mi juicio no sirve de nada que nos preguntemos por “lo que realmente dice” el cristianismo, el islam o el marxismo. Si buscamos respuestas, y no sólo la confirmación de unos prejuicios, positivos o negativos, que ya están en nosotros, no es a la esencia de la doctrina a lo que hemos de atender, sino a los comportamientos de quienes a lo largo de la historia se han considerado sus seguidores.
En su esencia, ¿es el cristianismo tolerante, respeta las libertades, se inclina hacia la democracia? Si formulamos así la pregunta, necesariamente tendremos que contestar “no”. Porque basta con consultar algunos libros de historia para comprobar que a lo largo de estos veinte siglos se ha torturado, se ha perseguido y se ha matado mucho en nombre de la religión, y que las más altas autoridades de la Iglesia, así como la aplastante mayoría de creyentes, aceptaron el comercio de esclavos, el sometimiento de la mujer, las peores dictaduras o la Inquisición. ¿Quiere ello decir que, en su esencia, el cristianismo es despótico, racista, retrógrado e intolerante? En absoluto, y basta con echar una mirada a nuestro alrededor para constatar que hoy sintoniza con la libertad de expresión, los derechos humanos y la democracia. ¿Hemos de sacar entonces la conclusión de que la esencia del cristianismo ha cambiado?¿O, por el contrario, que el “espíritu democrático” que hoy lo anima estuvo oculto durante diecinueve siglos y no salió a la luz hasta mediados del siglo XX?
Antes de ser inmigrante, se es emigrante. Antes de llegar a un país se ha tenido que abandonar otro, y los sentimientos de una persona hacia la tierra que abandona no son nunca simples.
Su historia debe respetarse; y cuando digo historia lo digo como apasionado de la Historia, palabra que para mí no es sinónima de vana nostalgia ni de retrógrado apego al pasado, sino que muy al contrario comprende todo lo que se ha construido a lo largo de los siglos, la memoria, los símbolos, las instituciones, la lengua, las obras artísticas, cosas a las que legítimamente nos podemos sentir unidos. Al mismo tiempo, todo el mundo admitirá que el futuro de un país no puede ser una mera prolongación de su historia; sería incluso desolador que un pueblo, cualquiera, venerara más su historia que su futuro; un futuro que se construirá con cierto espíritu de continuidad pero con profundas transformaciones, y con importantes aportaciones del exterior, como ocurrió en los grandes momentos del pasado.
Si aquel cuya lengua estoy estudiando no respeta la mía, hablar su lengua deja de ser un gesto de apertura y se convierte en un acto de vasallaje y sumisión.
Para que se acepte un cambio no basta con que éste se ajuste al espíritu de la época. Es necesario también no herir en el plano simbólico, no darles a quienes se quiere hacer cambiar la impresión de que reniegan de sí mismos.
Mi convicción profunda es que el futuro no está escrito en ningún sitio; será lo que nosotros hagamos de él.
¿Y el destino?, preguntarán algunos con un guiño intencionado al pensar que soy oriental. Suelo responder que, para el ser humano, el destino es como el viento para el velero. El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con qué fuerza, pero sí puede orientar la vela. Y eso supone a veces la enorme diferencia. El mismo viento que hará naufragar a un marino poco experimentado, o imprudente, o mal inspirado, llevará a otro a buen puerto.
Casi lo mismo podríamos decir del “viento” de la mundialización que sopla en el planeta. Sería absurdo tratar de ponerle trabas; pero si navegamos con destreza, manteniendo el rumbo y sorteando los escollos, podremos llegar “a buen puerto”.
Creo que el viento de la mundialización podría conducirnos efectivamente a lo peor, pero también a lo mejor. Si los nuevos medios de comunicación, que con tanta rapidez nos acercan los unos a los otros, nos llevan a que por reacción afirmemos nuestras diferencias, también nos hacen cobrar conciencia de nuestro destino común. Lo cual me lleva a pensar que la evolución actual podría favorecer, a la larga, la aparición de una nueva manera de entender la identidad.
Una identidad que se percibiría como la suma de todas nuestras pertenencias, y en cuyo seno la pertenencia a la comunidad humana iría adquiriendo cada vez más importancia hasta convertirse un día en la principal, aunque sin anular por ello todas las demás particulares – no llegaré por supuesto a decir que el “viento” de la mundialización nos empuja necesariamente en esa dirección, pero sí que hace que esa forma de entender la cuestión sea más fácil de imaginar -. Y que la hace, al mismo tiempo, indispensable.

En él Amin Maalouf, autor entre otros de “León el Africano”, habla fundamentalmente de la locura que incita a los hombres a matarse entre sí en el nombre de una etnia, lengua o religión.
Pocas veces antes, leyendo un libro, me había sentido tan identificado con las ideas que en él aparecen.
Por eso, quería utilizar este foro para extender, en la medida de lo posible, el pensamiento de este autor. En mi opinión, si este tipo de ideas se “popularizaran” (nunca mejor dicho) podrían dar solución a muchos de los problemas existentes en la actualidad.
El libro se abra por donde se abra está repleto de extractos interesantes. A continuación adjunto unos pocos que pueden dar una idea del resto del libro.
Estos están sacados de diferentes capítulos del libro por lo que no tienen porqué tener nada que ver unos con otros.
Desde que dejé Líbano en 1976 para instalarme en Francia, cuántas veces me habrán preguntado, con la mejor intención del mundo, si me siento “más francés” o “más libanés”. Y mi respuesta es siempre la misma: “¡Las dos cosas!”. Y no porque quiera ser equilibrado o equitativo, sino porque mentiría si dijera otra cosa. Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es ese estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Es eso justamente lo que define mi identidad.
¿Medio francés y medio libanés entonces? ¡De ningún modo! La identidad no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas. Y no es que tenga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la han configurado mediante una” dosificación” singular que nunca es la misma en dos personas.
“Es verdad lo que dices pero en el fondo qué es lo que te sientes?”
Durante mucho tiempo esa insistente pregunta me hacía sonreír. Ya no, pues me parece que revela una visión de los seres humanos que está muy extendida y que a mi juicio es peligrosa. Cuando me preguntan qué soy “en lo más hondo de mí mismo”, están suponiendo que “en el fondo” de cada persona hay sólo una pertenencia que importe, su “verdad profunda” de alguna manera, su “esencia”, que está determinada para siempre desde el nacimiento y que no se va a modificar nunca; como si lo demás, todo lo demás – su trayectoria de hombre libre, las convicciones que ha ido adquiriendo, sus preferencias, su sensibilidad personal, sus afinidades, su vida en suma-, no contara para nada. Y cuando a nuestros contemporáneos se los incita a que “afirmen su identidad”, como se hace hoy tan a menudo, lo que se les está diciendo es que rescaten del fondo de sí mismos esa supuesta pertenencia fundamental, que suele ser la pertenencia a una religión, una nación, una raza o una etnia, y que la enarbolen con orgullo frente a los demás.
Cuando se hace algo condenable en nombre de una doctrina, cualquiera que sea, ésta no es por ello culpable aun cuando no se la pueda considerar totalmente ajena a lo que se ha hecho. ¿Con que razón podría yo afirmar por ejemplo, que los talibanes de Afganistán no tienen nada que ver con el Islam, Pol Pot con el marxismo o el régimen de Pinochet con el cristianismo?
Como observador, no tengo más remedio que constatar que en todos esos casos se trata de una utilización posible de la doctrina correspondiente, sin duda no la única ni más extendida, pero que no puede descartarse precipitadamente.
Han tenido que pasar dos o tres milenios para que las sociedades cristianas y judías, que se confiesan seguidoras de la Biblia, empiecen a decirse que el “no matarás” podría aplicarse también a la pena de muerte; dentro de cien años se nos explicará que es obvio que ha de ser así. No cambian los textos, lo que cambia es nuestra mirada. Pero los textos no actúan sobre las realidades del mundo más que a través de nuestra mirada, que en cada época se fija en determinadas frases y pasa por otras sin verlas.
Por esta razón, a mi juicio no sirve de nada que nos preguntemos por “lo que realmente dice” el cristianismo, el islam o el marxismo. Si buscamos respuestas, y no sólo la confirmación de unos prejuicios, positivos o negativos, que ya están en nosotros, no es a la esencia de la doctrina a lo que hemos de atender, sino a los comportamientos de quienes a lo largo de la historia se han considerado sus seguidores.
En su esencia, ¿es el cristianismo tolerante, respeta las libertades, se inclina hacia la democracia? Si formulamos así la pregunta, necesariamente tendremos que contestar “no”. Porque basta con consultar algunos libros de historia para comprobar que a lo largo de estos veinte siglos se ha torturado, se ha perseguido y se ha matado mucho en nombre de la religión, y que las más altas autoridades de la Iglesia, así como la aplastante mayoría de creyentes, aceptaron el comercio de esclavos, el sometimiento de la mujer, las peores dictaduras o la Inquisición. ¿Quiere ello decir que, en su esencia, el cristianismo es despótico, racista, retrógrado e intolerante? En absoluto, y basta con echar una mirada a nuestro alrededor para constatar que hoy sintoniza con la libertad de expresión, los derechos humanos y la democracia. ¿Hemos de sacar entonces la conclusión de que la esencia del cristianismo ha cambiado?¿O, por el contrario, que el “espíritu democrático” que hoy lo anima estuvo oculto durante diecinueve siglos y no salió a la luz hasta mediados del siglo XX?
Antes de ser inmigrante, se es emigrante. Antes de llegar a un país se ha tenido que abandonar otro, y los sentimientos de una persona hacia la tierra que abandona no son nunca simples.
Su historia debe respetarse; y cuando digo historia lo digo como apasionado de la Historia, palabra que para mí no es sinónima de vana nostalgia ni de retrógrado apego al pasado, sino que muy al contrario comprende todo lo que se ha construido a lo largo de los siglos, la memoria, los símbolos, las instituciones, la lengua, las obras artísticas, cosas a las que legítimamente nos podemos sentir unidos. Al mismo tiempo, todo el mundo admitirá que el futuro de un país no puede ser una mera prolongación de su historia; sería incluso desolador que un pueblo, cualquiera, venerara más su historia que su futuro; un futuro que se construirá con cierto espíritu de continuidad pero con profundas transformaciones, y con importantes aportaciones del exterior, como ocurrió en los grandes momentos del pasado.
Si aquel cuya lengua estoy estudiando no respeta la mía, hablar su lengua deja de ser un gesto de apertura y se convierte en un acto de vasallaje y sumisión.
Para que se acepte un cambio no basta con que éste se ajuste al espíritu de la época. Es necesario también no herir en el plano simbólico, no darles a quienes se quiere hacer cambiar la impresión de que reniegan de sí mismos.
Mi convicción profunda es que el futuro no está escrito en ningún sitio; será lo que nosotros hagamos de él.
¿Y el destino?, preguntarán algunos con un guiño intencionado al pensar que soy oriental. Suelo responder que, para el ser humano, el destino es como el viento para el velero. El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con qué fuerza, pero sí puede orientar la vela. Y eso supone a veces la enorme diferencia. El mismo viento que hará naufragar a un marino poco experimentado, o imprudente, o mal inspirado, llevará a otro a buen puerto.
Casi lo mismo podríamos decir del “viento” de la mundialización que sopla en el planeta. Sería absurdo tratar de ponerle trabas; pero si navegamos con destreza, manteniendo el rumbo y sorteando los escollos, podremos llegar “a buen puerto”.
Creo que el viento de la mundialización podría conducirnos efectivamente a lo peor, pero también a lo mejor. Si los nuevos medios de comunicación, que con tanta rapidez nos acercan los unos a los otros, nos llevan a que por reacción afirmemos nuestras diferencias, también nos hacen cobrar conciencia de nuestro destino común. Lo cual me lleva a pensar que la evolución actual podría favorecer, a la larga, la aparición de una nueva manera de entender la identidad.
Una identidad que se percibiría como la suma de todas nuestras pertenencias, y en cuyo seno la pertenencia a la comunidad humana iría adquiriendo cada vez más importancia hasta convertirse un día en la principal, aunque sin anular por ello todas las demás particulares – no llegaré por supuesto a decir que el “viento” de la mundialización nos empuja necesariamente en esa dirección, pero sí que hace que esa forma de entender la cuestión sea más fácil de imaginar -. Y que la hace, al mismo tiempo, indispensable.
Esta vez las fotos no son mías. En enero se hizo un taller de fotografía en Sestao y algunas de los fotógrafos/as con los que coincidí han tenido el detalle de cederme algunas de sus fotos para colgarlas en este blog.

Adolfo Pérez

Estíbaliz Díaz

Isidro Lázaro
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Iñigo Urbaneta www.iurbaneta.com
Esta foto nos la enseñó y en realidad tenía un metro por lo menos. Las hace juntanto un montón de fotografías con photoshop. Trabajo fino fino.

Javi Muñoz www.txirloro.com

José Ignacio Jometón

Laura Pérez Patxon
1 comentarios:
hola beris!!!
como te van las cosas?
tus fotos, tus libros...
está muy bien pasarse por aqui y ver que te cuentas...
para cuando en madrid?
un beso muy fuerte,
cuiate artista!!
adela
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